El ojo del hechizo: Luesmil Castor

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Por Julio Cuevas.

ATMÓSFERA DIGITAL, SANTO DOMINGO.- Desde la mirada crítica de la antropología cultural, el análisis literario de un texto, nos puede aproximar a uno de sus laberintos temáticos y de fondo que no sólo se encuadra en las costumbres, formas de vida, de pensar y actuar de sus personajes actuantes, sino que, además, nos puede situar en el imaginario, en las creencias y en la concepción de los sujetos que interactúan en el ambiente o en la narratividad del texto.

En "El ojo del hechizo" (Editorial Santuario. Impresora Soto. Santo Domingo, D.N. 2020), del periodista-investigador, Luesmil Castor Paniagua, el pensamiento mágico-religioso, envuelve el panorama vivencial o cotidiano de sus personajes. Aquí, narrativa y hechizos y/o embrujos, marcan el destino espacial y temporal de los sujetos en movimiento.

Este libro está estructurado por veintisiete (27) cuentos, todos marcados por una simbología narrativa centrada en nuestro imaginario colectivo, en nuestra realidad mágico-religiosa, en nuestras formas de pensar y de actuar ante la vida, en determinadas situaciones de nuestra existencia. Somos esa coyuntura existencial que nos une al universo celestial y terrenal muy propio del ser mágico y supersticioso que somos, tan propio...que ya es parte de nuestro constructo identitario.

Para un lector como cimarrón y esquivo, como yo, leer este tipo de obras es como navegar o bucear en su propia agua, es como rebuscar o ahondar en mis ancestros, en mis patios...entre voces que se anidan sobre santos y altares, danzando a ritmo del palo mayor, en procura del sentir el toque mágico de la salve del hechizo de los paleros.

Se trata de una obra que nos recrea aquella vivencialidad de quien se sitúa entre la divinidad y la cábala, entre el Padrenuestro y el embrujo o entre la oración y la sentencia sacrílega del creyente que se acuesta santiguado desde la cruz judeocristiana y se levanta poniendo su pie derecho sobre la tierra, porque el izquierdo le puede trastornar la rutina del día o de la vida.

En el cuento titulado "Los ladridos de Chimbilín", (páginas 59/62), el enfoque descriptivo del sujeto que narra, nos envuelve en una tonalidad poético-narrativa que obliga a que el sujeto-lector no pueda apartarse de la lectura e insta a terminar lo ya iniciado, veamos:

"El río, parecía un hilo de sangre y espumas muriéndose sobre la corriente que ondulado iban hasta un ancho mar que abriría su boca para tragarlo, mientras que, en el aire sórdido parecía retumbar el canto moribundo de palos apagadores de la vida, entre manchas secretas de dolor y el gran cuerpo que quedó tendido inerte sobre el suelo húmedo y frío, la decisión rápida fue tirarlo al río, el cadáver cayó bocabajo, quedando inmóvil entre las gruesas raíces que en la orilla tenían plantadas las ginas y los manglares dulces, este tramo del río conocido por los pobladores como el paso de José, el mismo un frecuente pasar de las personas que habitan ambos lados"(p.60).

Es decir que la poeticidad de la narración se ayunta con la superstición en esta obra. Es lo que ocurre en el cuento "Martes 13":

"Tan sólo llegó a escuchar de manera tímida que la voz le dijo en el sueño, "son 13 velas: seis de colores y siete Blanca. La primera persona que llegue a la casa vendrá a buscarla". Le dijeron antes de pararse de la cama" (p.63).

Velas y oraciones nos aproximaron al altar, en ese altar la estantería es la representación del armazón espiritual del creyente. De por sí, el concepto "martes 13", en este contexto del Caribe tropical, nos lleva a un contacto obligatorio con nuestros ancestros negros africanos, no dije haitianos, nos conecta con esa otra cara de la moneda que muchos ojos ven y usan y que, a su vez, "niegan" conocerla.

Es en esa aureola discursiva que se desarrolla el soporte narrativo en esta obra, en presentarnos una parte de eso que, en realidad, somos, y que, a veces, en abierta hipocresía, queremos negar. Esta es una obra que nos retrata de cuerpo entero en nuestro imaginario, en nuestras creencias cotidianas, sin importar la clase social.

Sin embargo, el valor de esta obra no se apoya en esa vertiente temática, sino en el abordaje estético-poético que irradia al texto, desde el decir que emana de un sujeto narrador, quien no siempre es el autor de la obra, sino otro sujeto-actuante en la narración. Hay una simbología vinculada y vinculante en la ambientación de cada uno de los cuentos que se integran en esta obra.

Aunque no todo es color de rosa en esta obra, debo resaltar que, a veces, en la narración hay algunas tonalidades expresivas que son repetitivas, sin embargo, ese detalle no disminuye la potencialidad del discurso narrativo que aquí se mantiene, como parte del eje integrador de la base ambiental de aquella atmósfera mágica que la circunda. Buscarla y leerla sería una propuesta más de sobrevivencia en esta desgarrante e infernal pandemia.


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